Tenía ya mucho tiempo de no alimentar este blog, ya hace al rededor de un año, y tenía muchas ganas de escribir de este tema tan agradable que ya he compartido con muchas personas, pero no me gustaría dejar de compartir con ustedes.
Nota:
Quiero primero aclarar que esto es con mucho respeto hacía los hombres que han entregado su vida por luchar por los bienes celestiales, antes que los terrenos, por aquellos que han dado su vida por cuidar a las ovejas y luchar por ellas. Muchos, amigos incomparables que me han ayudado en el camino de la fe y que quiero, estimo y admiro mucho por la labor que deciden y eligen realizar día con día. No quiero en ningún momento ofender a ningún sacerdote, ya que para mi vida, es una persona de respeto, pero quiero dejar en claro que es una sola opinión de un laico comprometido, que ha buscado maneras para llevar la palabra de Dios a otras personas. Espero esto sirva para crecimiento de muchos, y no condena de pocos.
Soy hombre casado y feliz, viviendo mi luna de miel con mi esposa (como muchos comentan), pero antes de llegar a este punto, mi vida tuvo tintes de buscar la voluntad de Dios, de escuchar a Dios y sobre todo, tratar de cumplir dicha voluntad.
En algún momento, bien recuerdo que hice llorar a mi madre con esas lágrimas de confusión, decidí ir a un proceso vocacional ya que yo sentía un llamado muy fuerte hacia la vocación del Sacerdocio (lo pongo en mayúscula por el respeto que le tengo). En esa ocasión bien recuerdo, decidí empacar maleta y buscar la voz de Dios, ese momento fue una chispa para iniciar mi más sincero camino hacia lo que Dios quería de mí. Fueron años de recorrer este camino (y hasta con novia en mano) hacia la verdad para mi vida, pero un sacerdote (muy sabio por cierto), vió en mí la vocación del matrimonio, y decidí cerrar capítulo en la búsqueda de mi vocación, tomando esa sabiduría como la voz indicada del Señor hacia mi vida.
Después de esto, centre mi vida en la vocación del matrimonio, varios amigos seminaristas comentaban que bien dice San Pablo en su carta a los Corintios (1 Cor, 7,): "El que se casa hace bien, el que no se casa hace mejor". Y veo bien que en este mismo capítulo, San Pablo, sabiamente insiste para los casados: "El que tiene mujer, se preocupa por las cosas de este mundo, buscando agradar a su mujer". Estas palabras fueron cortas según lo que comentaba San Pablo, ya que no es sólo agradarle, sino también cuidarla y buscar su beneficio 24 horas, los 7 días de la semana.
Bien Dios puso una prueba a mi vocación de casado, el día 31 de Diciembre del año 2011, mi novia (que ahora es mi esposa), sufrió un malestar estomacal debido a cierto pollo de no muy buen agrado que comió ese día. Para no hacerles largo el cuento, terminé abrazando al guardia del hospital a las 12:00am del 1 de Enero del 2012, comiendo pastillas de Pepto en vez de uvas, así inició mi año.
Dios, a través de este gesto, me enseñó que la vocación del matrimonio es trabajo por y para mi familia, toda la semana a cualquier hora del día, los 365 días del año, sin importar festividad, momento triste o emotivo, la vocación manda.
A que voy con todo esto. Hace unos días escuché a un sacerdote, que yo llamo usualmente "de oficina" hablar en una reflexión: "Prepárense para confesarse de 6 a 7pm de lunes a viernes", como si en otro horario no lo encontráramos. Estas palabras entraron en mi cabeza como una campana resonando fuertemente, sin creer lo que estaba escuchando, dentro de mí empezaron a brotar muchas ideas, palabras y situaciones similares a esta.
Ahí volví a recordar todo mi proceso vocacional y lo que en su momento llegó motivarme para ir a un proceso vocacional que bien documenta el mismo San Pablo en la misma lectura de Corintios: "Les he dicho estas cosas para el bien de ustedes, no para ponerles un obstáculo, sino para que ustedes hagan lo que es más conveniente y se entreguen totalmente al Señor". La entrega total hacía Dios a través de su vocación, ejemplo claro y bien visto en el santo patrono de los sacerdotes, San Juan María Vianey, el Santo Cura de Ars, un hombre que entregó totalmente su vida al Señor por el bien espiritual y físico de los demás, no importaba la hora o el lugar, el estaba abierto a la voz de Dios, donde el fuera necesitado.
Entiendo el punto de que un sacerdote también es un ser humano, a su vez necesita descanso, alimento y alguna que otra distracción para relajar su mente, ya sea algún viaje, ver a su familia o amigos, una carne asada, una cena ó hasta ver un juego de fútbol.
Pero, a veces llego a pensar, que todo lo que Jesús ha enseñado se nos va olvidando, volviéndonos en unos fariseos modernos, que andamos por los templos engalanando nuestro traje. Bien lo dijo Jesús en su escritura, en el evangelio de Mateo (Mt 12), cuando fue cuestionado por ciertos fariseos al cortar espigas en sábado, a lo cual el respondió: "¿No han leído en la Ley que los sacerdotes en el Templo no observan el descanso, y no hay culpa en eso?. " A lo que después añadió: "Quiero misericordia, no sacrificios, ustedes no condenarían a quienes están sin culpa.".
En ese momento los discípulos de Jesús se encontraban con hambre y sin comida, como hoy en día, muchos hombres hambrientos de consuelo, de paz en su ser, andan deambulando en horarios no oficiales, cuando las oficinas se encuentran cerradas, buscando el trigo para alimentar su alma, ese trigo que sólo un sacerdote, a través de la gracia de Jesús puede conceder.
Hoy rezo por ti mi querido sacerdote de oficina, por tu vocación y por tu docilidad, por que dejes los horarios, y encuentres al Señor del Sábado (Mt 12, 08) en el rostro de los hombres hambrientos.
A nosotros laicos, nos toca apechugar, aguantar el golpe y rezar, rezar intensamente por estos guerreros de Dios, por estos hombres que dieron su vida por el bienestar nuestro, por aquellos que vienen en camino en seminarios y congregaciones, por aquellos que pasan adversidades. Tenemos que recordar que también son hombres con sueños, con padres y hermanos, con amistades, gustos y hobbies, que también se vale apoyarlos con un abrazo, un gesto de bondad, una buena cena pero sobre todo, nos toca retribuirles a ellos nuestra oración de por vida.
Soy un laico, un laico comprometido en busca de la santidad, de aportar cosas a la iglesia, de tratar de ser testimonio en el mundo. Soy un laico que espera estas palabras sirvan, a quien las necesite.
Dios nos bendiga...